miércoles, 20 de abril de 2016

Pensamiento 48 Sobre consejeros y directivos, 18. Segundo pecado capital: El posicionamiento del lado del accionariado.
Al inicio de la revolución industrial, cuando se empezó a fraguar el modelo de empresa que ha derivado en el que conocemos hoy, el interés dominante era el del empresario y su beneficio, que pronto se extendió al de los capitalistas que le acompañaban en su aventura. Después tomaron fuerza los intereses de los trabajadores, que se fueron autoafirmando como antagónicos a los del grupo formado por empresario y accionistas. La confrontación entre ambos dio lugar a multitud de conflictos y enfrentamientos a veces violentos.
Durante mucho tiempo -y todavía- se ha identificado los intereses de la empresa con los de los accionistas y eso ha marcado las mentalidades. Se considera natural que los directivos estén “del lado del capital” y defiendan ante todo sus intereses. Tanto más cuanto que los consejeros y directivos son nombrados -y destituidos- por el consejo, que es considerado una “emanación” (nótese el uso de la metáfora a falta de un concepto sólido) de la “sociedad de capital”.
Pero ni el consejo es “emanación” del capital, ni los intereses de la empresa coinciden miméticamente con los de los accionistas, ni los directivos tienen que estar del lado de nadie.
La empresa es un ser vivo que interacciona con sus entornos y, en contextos de libertad y competencia, debe crear valor de forma equilibrada para los clientes, los empleados, la sociedad y los accionistas. A los consejeros y directivos les corresponde lograr el equilibrio entre los intereses, en ocasiones contrapuestos, de estos cuatro entornos. Por ello no pueden identificarse con ninguno, sino que deben ser independientes de todos ellos -también del accionariado- para conseguir que todos satisfagan sus intereses. Si se identifican con uno de ellos por encima de los otros, serán fagocitados por él.

El equilibrio y la independencia de criterio son la virtud contraria a este pecado capital y en ellos consiste la excelencia de los directivos. Es una virtud exigente, que requiere fuerte personalidad para no identificarse con el poderoso y sus intereses. Y, en el actual estado del derecho, mantener honestamente su independencia puede costarles, aunque sólo sea en casos extremos, ser despedidos. Es el precio de su libertad, de la responsabilidad asumida, y, en el fondo, de su propia dignidad.

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